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Se comparten parejas: el deseo, el amor y las reglas de la monogamia

El 37% de los encuestados argentinos manifestó interés en probar el intercambio de parejas, pero apenas el 6% dijo haberlo concretado. Una práctica que existe desde hace décadas.

Se comparten parejas: el deseo, el amor y las reglas de la monogamia

También tuvo encuentros en Misiones y que pone sobre la mesa algo más amplio: cómo vivimos el deseo, qué esperamos de nuestra pareja y qué acuerdos estamos dispuestos a respetar.

 

Compartir la pareja con otras personas puede parecer algo lejano para algunos y una posibilidad que despierta curiosidad en otros. Sin embargo, el mundo swinger existe desde hace décadas. Lo que cambió con el tiempo fue la manera de encontrarse, organizarse y hacerlo más visible, con redes sociales, comunidades, campings temáticos, viajes y hasta cruceros destinados a quienes eligen esta forma de vivir su sexualidad.

 

Una reciente nota televisiva de América volvió a poner el tema en circulación a partir de la experiencia de queun camping orientado a parejas swinger. Allí, según contaron sus responsables, la actividad también mueve una economía vinculada al turismo, las reservas y los encuentros. El administrador señaló que cada vez se acercaban personas más jóvenes y que, por esa razón, habían establecido una edad mínima de 21 años.

 

Pero detrás de los lugares y las formas de encuentro hay algo más interesante que la curiosidad por saber qué sucede puertas adentro. La posibilidad de compartir experiencias sexuales con otras personas obliga a hablar de límites, confianza, celos, acuerdos y, sobre todo, consentimiento. Que una pareja elija esa modalidad no significa que todo esté permitido ni que cualquiera de sus integrantes deba aceptar algo que no desea. El respeto también consiste en poder decir que no.

 

La curiosidad no siempre se convierte en experiencia

 

Un relevamiento difundido en marzo de 2025 por Gleeden, elaborado por Dive Marketing, mostró una diferencia llamativa: el 37% de los encuestados argentinos manifestó que le gustaría vivir una experiencia swinger, mientras que el 6% afirmó haberla concretado. Los porcentajes forman parte de una encuesta regional sobre formas de relacionarse y no deben leerse como un censo de toda la población argentina.

 

El mismo informe indicó que el 52% de los participantes argentinos había experimentado alguna modalidad de relación no monógama. Entre las experiencias mencionadas aparecían la infidelidad, las relaciones abiertas y otras formas de vínculo. Son categorías diferentes y pueden superponerse: una relación abierta supone un acuerdo entre las personas involucradas; una infidelidad, en cambio, implica quebrar un acuerdo de exclusividad.

 

Ese dato no demuestra que seis de cada diez personas sean incapaces de sostener la monogamia durante toda su vida. Sí muestra que, entre quienes respondieron, las experiencias fuera de la exclusividad tradicional tienen una presencia considerable. Y abre una discusión que va más allá del intercambio de parejas: cuánto de lo que esperamos del amor nace de una elección propia y cuánto de una norma que aprendimos a considerar natural.

 

Querer libertad para uno y exclusividad para el otro

 

Hay personas que sienten deseo por alguien más mientras están en pareja, pero nunca se animan a hablarlo. Otras dan por sentado que su compañero o compañera rechazaría cualquier propuesta y ni siquiera abren la conversación. También están quienes buscan encuentros por fuera del vínculo, pero esperan que la otra persona les siga siendo exclusivamente fiel.

 

Ahí aparece una contradicción bastante cotidiana: querer una libertad para uno mismo que no siempre se está dispuesto a conceder al otro. Y también la diferencia entre desear algo, conversarlo y llevarlo a la práctica. Sentir atracción por otra persona no equivale a ser infiel; lo que importa es qué acuerdos existen y qué hacemos con ellos.

 

La monogamia puede ser una elección genuina, compartida y satisfactoria. Para otras personas, no es la única forma posible de construir una relación. El problema no está en que dos adultos elijan un vínculo distinto, sino en la mentira, la presión o la falta de consentimiento. Ninguna etiqueta reemplaza la necesidad de hablar con claridad.

 

Misiones también tuvo sus encuentros

 

La provincia no está al margen de estas experiencias. En años anteriores, medios misioneros informaron sobre encuentros swinger organizados en Posadas y reuniones privadas en la zona del Alto Paraná. Son antecedentes que muestran que la práctica también tuvo presencia en Misiones, aunque no permiten afirmar por sí solos cuál es hoy su alcance ni cuántas personas participan.

 

En una provincia y en pueblos donde muchos se conocen, la privacidad puede tener un peso especial. La curiosidad existe, pero también el temor al juicio ajeno, los comentarios y las etiquetas. En ese contexto, las redes pueden facilitar el contacto entre personas con intereses comunes, aunque no eliminan los riesgos ni garantizan que todos respeten los límites acordados.

 

Al final, hablar del mundo swinger no obliga a aprobarlo, practicarlo ni rechazarlo. Invita a mirar de frente una cuestión que atraviesa muchas relaciones, incluso aquellas que nunca considerarían esa posibilidad: qué entendemos por fidelidad, qué lugar ocupa el deseo y si somos capaces de conversar sobre lo que queremos sin convertir nuestras preferencias en una imposición para el otro.

 

Porque una pareja no se define solamente por las reglas que establece, sino también por la libertad con la que esas reglas se acuerdan. Y la exclusividad, como cualquier otro pacto entre dos personas, tiene sentido cuando es elegida por ambas, no cuando una la cumple mientras la otra la da por sentada.