Hoy cualquiera puede publicar algo, expresar lo que piensa y llegar a cientos o miles de personas. Pero hay una pregunta que va más allá de las redes sociales: ¿estamos realmente dispuestos a escuchar a quien piensa distinto?
Porque muchas veces buscamos que alguien nos confirme lo que ya pensamos. Seguimos páginas con las que coincidimos, compartimos publicaciones que nos dan la razón y cuestionamos a quienes ven las cosas de otra manera. Así, con tantas voces al alcance de la mano, corremos el riesgo de terminar escuchando una sola campana: la nuestra.
Las redes sociales cambiaron la manera en que nos informamos. Antes, la radio, la televisión y los medios gráficos tenían un lugar central en la circulación de las noticias. Hoy, una publicación puede poner un tema en boca de todo un pueblo en cuestión de minutos. También podemos conocer otras realidades, escuchar a personas que nunca hubiéramos escuchado y acceder a puntos de vista que antes quedaban fuera de nuestra conversación cotidiana.
Eso es valioso. El problema es qué hacemos con esa posibilidad.
Tener acceso a más información no significa necesariamente estar mejor informados. Tampoco significa que estemos más dispuestos a revisar nuestras ideas. A veces, cuando aparece una opinión que contradice lo que creemos, nos resulta más sencillo desacreditar a quien la expresa que detenernos a pensar si tiene algo que vale la pena considerar.
Escuchar al otro no significa darle la razón. Significa aceptar que no siempre tenemos toda la información, que podemos equivocarnos y que hay cuestiones que merecen ser pensadas desde más de un lugar. Y eso exige algo que no siempre estamos dispuestos a hacer: revisar nuestras propias certezas.
En ese sentido, las redes no inventaron las diferencias ni las discusiones. Lo que hicieron fue darles otra dimensión. Hoy podemos elegir qué leer, a quién seguir, qué compartir y hasta qué voces dejar de escuchar. Sin darnos cuenta, podemos ir construyendo un espacio donde casi todo lo que vemos confirma nuestras ideas y donde cualquier opinión diferente termina convertida en una amenaza, una provocación o algo que preferimos ignorar.
¿No hay ahí una contradicción? Tenemos más posibilidades que nunca de escuchar otras voces, pero también podemos utilizarlas para encerrarnos en nuestras propias convicciones.
En un pueblo como San Pedro, esto no es una cuestión lejana ni exclusivamente digital. Las discusiones sobre la política, las decisiones municipales, los problemas de los barrios y las cuestiones que afectan la vida cotidiana forman parte de nuestra convivencia. Lo que pensamos, lo que compartimos y lo que estamos dispuestos a escuchar también influye en la manera en que discutimos esos asuntos y en las posibilidades de encontrar respuestas.
La radio, la televisión y los medios tradicionales siguen formando parte de ese escenario, aunque las redes hayan cambiado los tiempos y las formas de circulación de la información. La cuestión ya no es solamente dónde nos enteramos de lo que pasa, sino qué fuentes elegimos, en cuáles confiamos y qué hacemos cuando encontramos una versión distinta de la nuestra.
También está el desafío de distinguir una noticia verificada de un rumor, una información de una interpretación y una fuente confiable de una publicación que no podemos comprobar. La posibilidad de que cualquiera publique tiene un enorme valor para la libertad de expresión, pero también nos exige más atención y responsabilidad a la hora de compartir.
En Argentina, el Digital News Report 2026, del Reuters Institute, aporta un dato que ayuda a dimensionar el problema: apenas el 26% de los encuestados dice confiar en las noticias en general. El mismo informe señala que casi ocho de cada diez consultan fuentes online para informarse, mientras que alrededor de la mitad utiliza la televisión. La encuesta no representa específicamente a Misiones, pero muestra el escenario nacional en el que se produce esta transformación: crece el protagonismo de los canales digitales mientras la confianza general en las noticias cae a su nivel más bajo en una década. ("Fuente: Reuters Institute" (https://reutersinstitute.politics.ox.ac.uk/es/digital-news-report/2026/argentina)).
No se trata de desconfiar de todo ni de creer en todo. Mucho menos de renunciar a nuestras convicciones para evitar discusiones. Se trata de entender que escuchar una idea diferente no nos obliga a aceptarla, así como sostener una opinión propia no nos exime de ponerla a prueba.
Quizás el desafío de esta época no sea solamente aprender a movernos entre tanta información, sino aprender a convivir con las diferencias sin dejar de escuchar.
Porque podemos tener miles de voces frente a nosotros y, aun así, elegir no escuchar ninguna que nos contradiga. Y si eso ocurre, la pregunta ya no es cuánto nos permiten hablar las redes sociales, sino cuánto estamos dispuestos a escuchar a los demás.
En definitiva, ¿las redes nos están ayudando a conocer otras maneras de pensar o solamente nos están dando más oportunidades de escuchar que tenemos razón?